viernes, 12 de agosto de 2011

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El elevador tarda veinte minutos en llegar a la superficie. Tiempo muerto, piensa Miguel. No hay posibilidad de leer por el hacinamiento y oscuridad. Quince hombres: Manuel, Maximiliano, Marlon, Meredith (al parecer hay versión masculina, o no importa en absoluto), y otros dos o tres Migueles ascienden en silencio. Modelo M. Las diferencias entre uno y otro son mínimas. La ropa que eligieron esta mañana, la mugre que acumularon en la mina. Desde que les confirmaron su condición de droides, ninguno tiene ganas de hablar. Tengo hambre, dice Miguel y espera en silencio una respuesta. Nadie dice nada.
Cuarenta y tres minutos más tarde, cuando Miguel cruce la avenida nocturna rumbo a su casa, con bolsa de pan y bebidas, será atropellado por una camioneta. El conductor conducirá ebrio, aunque Miguel nunca llegue a enterarse.
El golpe le arrancará el brazo de un tajo. Verá la extremidad rodar hasta la acera del otro lado. Mientras se revuelque en el suelo, Miguel tendrá ocasión pasajera de mirar su muñón: cables, articulaciones de aluminio y un chorro de aceite. Antes de perder el sentido se preguntará quién fue el hijoeputa que lo programó para no respirar, pero sí para tener dolor.



Foto: Anni Van Parys
Bajo licencia Creative Commons
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