miércoles, 13 de enero de 2010

Los Arreolas no abundan (colaboración para El Ocotito enero 2010)

Casas de cultura, cafeterías, bibliotecas, museos, plazas abiertas, algunos hogares y las redes sociales por Internet son potenciales sedes para que suceda un taller literario. Y hay modalidades. Algunos talleres reúnen a personas que se consideran como iguales entre ellos y entre todos existe un labor de crítica sobre los trabajos literarios mostrados. La forma más usual de taller literario es donde existe un coordinador (el maestro) que es quien desea compartir su experiencia en las letras con otros de menor rango (por su experiencia).
Básicamente, en un taller literario se leen los textos de alguno de los participantes y los demás deben comentar aciertos y errores encontrados. Si existe la figura del coordinador, éste dará la última palabra y el escritor deberá renunciar a su sueño artístico o, si bien le va, reescribirá su cuento, poema, ensayo o guión dramático.
He sido participante en varios talleres literarios, en ambas modalidades. Incluso coordino talleres en las ciudades de Toluca y Metepec. Y con todo me he permitido dudar de la pertinencia de ellos. ¿Sirven realmente? ¿Se han generado verdaderos escritores en los cientos o miles de talleres que existen en todo el territorio nacional? La pregunta es difícil de responder. Sobretodo porque, aunque algunas de nuestras plumas más prestigiadas han pasado por talleres literarios, todos ellos tienen otros respaldos de información y experiencia que complementan sus trabajos literarios.
Y no debemos olvidar que la figura del taller literario no es tan vieja como la palabra literatura. Es decir, los grandes maestros universales de todos los tiempos difícilmente acudieron a sesionar sus textos con otros amigos mientras escuchaban música de una grabadora o de plano bebían un buen whiskey.
Algo más. Si bien otros talleres, sobretodo los impartidos en Casas de Cultura, sirven para iniciación a las diferentes artes, el taller literario se queda ahí. El asistente no podrá asistir a una licenciatura en creación literaria porque no existe. Las carreras de Letras, en todo el país, no están hechas para producir escritores, sólo conocedores. El licenciado en letras (para proponer el ejemplo de un amigo) es el ginecólogo. Mientras que el escritor es quien hace al bebé. Debo aclarar que las escuelas de escritores en este país son sólo muchos talleres literarios en un mismo sitio, con algunas clases de historia del arte.
Con todo, esto es el siglo XXI, aún, por su infantilidad, un siglo dependiente del XX. Y no es sencillo imaginar la escena literaria del mundo sin los talleres. Con todo y la falta de técnicas didácticas por parte de los coordinadores. Con todo y el peligro inminente de la influencia negativa del coordinador (que el tallerista escriba con el mismo estilo del maestro). Con todo y la desigual calidad del maestro, que bien puede ser un chantajista o un verdadero líder de opinión. Los Arreolas no abundan.
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