viernes, 7 de junio de 2013

Altiplano, aún (Primera parte)

Hace diez años quería ser famoso como son famosos los jugadores de soccer. También quería hacer las cosas que cambiaran al mundo porque, al parecer, nadie las estaba haciendo y "¡es tan evidente lo que se debe hacer!" La trinchera: mi escritorio, un buró más en la burocracia. Pero por aquellos entonces el buró no importaba porque era un mueble cultural, y yo tenía ideas y ganas y posibilidades. 
En eso pensaba mientras caminaba de la casa a la entrada del fraccionamiento, donde iría a esperar un vehículo con emblemas del Altiplano, cárcel de máxima seguridad. Mejor conocido como el CEFERESO de Almoloya, o simplemente Almoloya la grande. Antes con el nombre de La Palma.
Antes significa diez años atrás, cuando desde mi buró programé la visita de escritores a ese mismo lugar. Fueron casi tres años de visitar mes con mes, de firmar mes con mes, de descalzarme y ser escudriñado mes con mes, de ser fotografiado mes con mes, de ser etiquetado mes con mes, de sentir que estaba haciendo algo importante mes con mes. De que, a lo mejor, mes con mes ponía mi granito de arena para que la gente que habita ese lugar sufriera, gracias a la literatura, el cambio radical en sus vidas.
Cuando por fin me senté en el vehículo oficial dejé de pensar en los ideales del antes y, sin conocer al conductor, comencé a contarle mis anécdotas. La parte mundana, aquella que no se niega y que es, en realidad, la sal de las cosas. Como cuando el poeta de Cuernavaca llevó una novela publicada por el FCE. Trata de un asesino francés que, encerrado en una prisión de máxima seguridad, se convirtió al catolicismo. La novela explora, según el autor, la noción de que para hacer el bien se requiere la misma fuerza que para el mal. O viceversa. Y viceversa. El poeta de Cuernavaca ahora sale en periódicos porque encabeza un movimiento luego de ver a su hijo asesinado. 
También recordé en voz alta cuando el narrador y dramaturgo nacido en Toluca, el más famoso de todos los nacidos allí, entró al auditorio apellidado de Tavira, y los internos, habiendo leído su libro, dijeron en voz alta que este autor "no es un monstruo". Las preguntas, si lo recuerdo bien, retornaban a lo mismo: "¿Haces magia?", "¿te dedicas a la brujería?", "haz visto esas cosas de tu libro". El escritor nacido en Toluca ahora aparece en periódicos internacionales porque sus novelas se consideran entre las mejores del continente.
En estos diez años de ausencia el camino hasta allá no cambió tanto. Acaso un conjunto habitacional nuevo con algunas miles de casas enclavado a unos kilómetros de Altiplano y que se ve a lo lejos cuando uno va llegando. El asfalto cacarizo. La ausencia de árboles en una sabana más bien mexicana, sin rinocerontes o jirafas pastando. Y al final del viaje, el gris por fuera que te anuncia el gris por dentro.
Una ocasión me quedé afuera, recordé mientras se estacionaba el vehículo. Ya me sabía todo el ritual de entrada, que no debía vestir ciertos colores, tales prendas. Era mejor llegar sin todo lo extra que allá dentro ni de broma te dejarán usar. Llevaba más de un año entrando y aquella vez no pasé de la garita vehicular. "Usted trae botas, señor". Me quedé helado. Las botas eran mi calzado diario salvo los días de La Palma, que llevaba mocasines, como dice en el oficio. Ese día lo olvidé. No podía creerlo. El escritor en turno, poeta de la tierra de los magueyes, ahora con galardones nacionales, entró sin este Virgilio mediocre. Busqué la forma de tomar un camión de regreso hasta la seguridad de mi buró. De otra forma me hubiera quedado tres o cuatro o cinco horas allí afuera, rodeado de pastizales y de los ojos de hombres y mujeres armados, vestidos de negro.

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