domingo, 10 de julio de 2011

Ha roncado a ratos toda la noche

Mi camisa blanca ha pasado mala noche. Agachado como estoy, viendo hacia la computadora que reposa en mis piernas, observo de refilón que la franja de los botones se ha ensuciado. No es salpicadura del mole de ayer por la tarde, tampoco son mis dedos impregnados de suciedad. Cuando uso esta camisa blanca soy incapaz de tocarla, suelo moverme como robot.
Amanezco en el hospital, junto a la madre de mi madre que lleva ya cinco o seis días en sopor profundo, álgido, violento. Una operación de urgencia y todo el sistema que es su cuerpo se ha trastocado. Los médicos no sólo hablan de la recuperación necesaria de la operación, sino de una deficiencia de sodio, de potasio, sino de una infección incógnita producto de la propia operación, de la débil defensa, del hecho de que la herida en su abdomen está abierta para que sus nietos e hijos podamos observar muy bien el color de sus intestinos, la forma del músculo interno y así sepamos de qué nos hicieron.
Mi camisa blanca está sucia, tiene máculas grises como el cuello blanco del uniforme de un niño que corre y suda en los recesos escolares. Acabo de leer de un grupo de niños que siembran plumas para que crezcan pájaros, y yo observo que a mi lado derecho la cortina de plástico que divide a la abuela de la señora Aurora, anciana diabética que estrena muñón en lugar de pierna, tiene una salpicadura de sangre. O de flemas. Sangre o flemas que pudieron ser de mi abuela en alguno de sus arrebatos previos, cuando todavía no estaba en sopor y le quedaban fuerzas para pedirnos a sus nietos e hijos que la sacáramos de aquí para irse a morir a casa. Sangre o flemas que pudieron ser de un enfermo previo que igual peleó para que lo dejaran morir en paz o para que le dieran otra oportunidad en la vida.
Abuela ha roncado a ratos toda la noche. Emitió pequeños pero incisivos gritos de dolor espaciados entre sí dos o tres o cuatro horas. Un médico vino anoche y sacó de la herida abierta un montón de gasas y dejó el hueco ahí, expuesto. Aprovechando el sopor de la abuela materna introdujo brutalmente manos enguantadas con telas blancas llenas de agua jabonosa. Agua para inyectar y jabón para curar. Ensució telas blancas con coágulos que son sangre de mi sangre, con pus que no llega a formarse, con la purulencia del cuerpo de la madre de mi madre. Limpió la herida como si desengrasara un motor viejo de Volkswagen que se queja cada dos o tres o cuatro horas, que ronca levemente, que agita todo su cuerpo en el sopor profundo.
Mi camisa blanca está sucia y no recuerdo si tuvo que ver con que entré a un elevador lleno de gente o con la correa de mi mochila que atraviesa el tronco, pasa por encima de la botonadura. A lo mejor dormí boca abajo en el suelo junto a la cama de mi abuela, aunque no recuerdo haber pegado el ojo entre las nueve y las nueve.
A lo mejor es este asunto de la enfermedad que lo ensucia todo.
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