martes, 7 de septiembre de 2010

Chicle suavecito












De Tania Hernández Arzaluz, de quien pueden leer su blog de cotidianeidades, aquí, y su blog literario, aquí

Tenía la oreja pegada a la puerta, pero no alcanzaba a oír nada. Mis papás a veces hablan tan bajito. No sé cómo lo hacen, nunca me han enseñado.

Me senté en el suelo, el frío de los azulejos se me metió de sopetón debajo de los pantalones, me dieron ganas de reírme, pero me aguanté, tampoco se me da eso de reírme bajito.

Es que ahora cuando me mojo, me río. Una vez me senté en la banca del parque, me levanté rápido pensando que había empapado el uniforme. Nomás fue un sustito, lo que sentí sólo era el frío de los fierros verdes. Sentir el frío de algo es como mojarse, por eso me dan ganas de reír.

Mis papás seguían discutiendo y yo no veía nada, sólo la rayita que se hace debajo de la puerta cuando alguien enciende una luz del otro lado. Esperar, me dije. Cómo esperar si este era un día de esos que el sabor del chicle se acaba más rápido de lo normal. No creo que sea una cosa de marcas o sabores, yo digo que es la fuerza con la que uno mastica.

Un día lo mastiqué despacito para que la maestra no se diera cuenta que no lo tiré al entrar al salón. Me duró hasta el recreo.

La puerta se abrió, entonces recordé que mi mamá huele a la humedad del pasto recién cortado, aunque yo siempre le digo que huele bonito.

–Lo intenté, pero tu padre no quiso– me dijo.

–¿Entonces?

–Tendrás que quedarte unas horas más.

¿Unas horas más encerrado en el baño?, pensé.

Y yo con unas ganas de un chicle suavecito, morado, si es posible.
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