martes, 7 de septiembre de 2010

Abrir y cerrar

En Mexico, conocida como Raton Viejo
Foto de Mora Majareta

Nada más abrí la puerta y el ratón viejo echó a volar. Se metió entre mis piernas y por pocos instantes se atoró en la orilla de la falda. No me asustó. Me gustan los ratones viejos. No me explico cómo todas las chicas del salón insisten en que son feos, grotescos. Mi madre dice que son de mal agüero. Mi padre que son polillas. ¿Alguien se ha puesto a observar las alas? Ningún patrón se repite, son individuos. A veces he encontrado rostros. Imagino que son su forma de mostrarse humanamente ante los humanos. Una vez toqué uno de ellos. Creí que eran ásperos, pero no, son tersos. Me recordó a la textura de las franelas que cosía la abuela. Esas mismas franelas que olían a la crema que aromaba toda su habitación y toda su casa, salvo la cocina que cada vez que llegaba de visita olía distinto: unas veces a la agridulce fruta a punto de descomponerse; otras a arroz amarillo, mi favorito. Otras más a salsa roja. La salsa roja no me gusta tanto. Es como introducir lama de río en la boca. Mejor el arroz amarillo que se siente como suaves algodones. El ratón viejo dio un par de giros antes de escapar torpemente hacia arriba, creí que me pedía disculpas por el exabrupto. Yo también me disculpé, pero en voz baja, para que mi madre no volviera a decir que estoy loca porque hablo sola. Me gusta escuchar mi voz, pero me gusta más escuchar el aleteo de los ratones viejos. Respiré un poquito para guardar en mi cabeza esta imagen del ratón viejo volando y luego escribirla en el diario. Cerré la puerta, debía cumplir con el mandado.
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