lunes, 10 de octubre de 2011

Cabeza de jaguar, sombrero de palma

para @taniahernadeza

La semana pasada, de viaje. Tania y yo en automóvil. Sacudimos a Ladyfox, la crossfox, nos levantamos temprano el día 30 de septiembre, y partimos. Un poco estaba planeado, un mucho, no.
Pisa y corre los estados de Veracruz, Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán.
Poco dinero. Malcomimos. Pagamos a lo más 250 pesos por habitaciones siempre distintas. Conocí Villahermosa, Campeche, Mérida. Visitamos Palenque, Chiché Itzá. Nadamos en el cenote de Ik kill. Nos enamoramos ella de Campeche, yo de Progreso. O al revés.
Charlamos con una escritora en Mérida que viaja pronto a Barcelona, baila tango y coordina talleres de escritura.
Subimos fotos, audios y videos a distintas redes sociales.
Hicimos el amor.
Probamos salbutes y panuchos.
Cantamos a Sabina, a Pantéon, a Buenavisa, incluso a Filio y hasta la Guzmán. Y otros. Navegamos con GPS, y sin él. Bebimos torito veracruzano en Progreso y en Piste. Nos llovió en la selva y en la carretera. Entramos al mar. Coincidimos con una pareja de españoles en tres ciudades distintas, y la última vez apenas alcanzó para sonreírnos mutuamente.
Fuimos pasto de moscos.
Tania se compró una cabeza de jaguar que ruge como un jaguar. Yo traigo un sombrero de palma.
Uno de nosotros charló con Chaac y el otro charló con el cenote sagrado en la ciudad de los itzáes.
Estamos bien pinche lejos le dije a Tania un día. No me refería solo a los más de dos mil kilómetros que había entre nosotros y la ciudad albergue. Me refería a la distancia otra. La del corazón, de la madurez, de la disciplina. La distancia entre nosotros y los adultos que estamos obligados a ser.
Reencontré algunas ilusiones. Hallé nuevos motivadores. Y es que sonreí mucho. Mucho.
Regresamos el sábado 8. El domingo 9 a trabajar. Ella en el periódico, yo en la librería.
Y ganas de vivir.
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