martes, 5 de octubre de 2010

Capa

Ataviada de rojo brillante, coqueta, Mariana cierra los ojos y escucha. La turba aplaude al ritmo cardiaco; grita Mariana, Mariana, hazlo, hazlo. La banda de música tiene un sonido: percusión que marca el ritmo de los aplausos de la turba. Mariana abre los ojos y observa. Ha llegado al extremo más alto de la escalera. Su madre, ya muy vieja para esos viajes, le entrega la barra que pende del cielo de lona. Hazlo con cuidado, le dice. Mariana asiente. No sabe las preguntas que mamá se está haciendo ahora: si todavía es una niña, si ya no lo es. Si está preparada, si no. Ya es hora. Mariana inspira y escucha otra vez tambores,  aplausos, gritos. Toma con ambas manos la barra y, a punto de lanzarse al vacío, mamá la detiene. Espera, le pide al oído, todavía no. Abajo, ataviado de gris opaco, señor Lupo pide, ante micrófono, un instante de silencio. Callan aplausos, gritos, tambores. Mariana no comprende del todo pero, atendiendo a los últimos meses de entrenamiento, mantiene la concentración. Mariana es la más joven de una familia de trapecistas, explica al público señor Lupo, esta noche será su debut. Mamá de Mariana extiende una capa roja, símbolo familiar, y se la ata al hombro. Del otro lado de la pista su abuelo, viejo volador, la espera. Mariana tiene que llegar a él. Para eso, cruzará en péndulo por sobre el vacío. Un viaje no tan largo y con un sólo peligro: la caída. Sólo una proeza se le ha pedido: el triple salto mortal. Cuando cruce, si cruza, bajará por las escaleras del otro lado y será recibida por señor Lupo, quien la tomará de la tenue cintura y la exhibirá a todo el mundo. Pedirá aplausos. Todos deberán sonreír y agachar la cabeza: madre, abuelo, Mariana y señor Lupo. Y a partir de ese momento la historia, día con día, se repetirá. Señor Lupo, incluso, le ha prometido una velada para festejar el inicio de una carrera prometedora, en su casa rodante, luego de la función. Mamá accedió a dejarla dormir noche, muy noche, y hasta le dijo que podía beber cerveza: ya es adulta; ya vuela por los aires. Señor Lupo pide atención nuevamente; reinician los tambores que marcan el ritmo de los aplausos; Mariana se aferra a la barra y toma impulso; mamá hace la señal ensayada para que abuelo, del otro lado, se prepare. Mamá suelta a Mariana, quien se aleja, se aleja. La capa roja se abre por la inercia, el viento. El público guarda silencio. 
Publicar un comentario