sábado, 21 de noviembre de 2009

Exposición placera

Hace apenas unos minutos, mientras me dirgía al café de los miércoles y sábados, debí caminar sobre este pasillo multidisciplinario (por la presencia omnipresente de payasitos callejeros, la escultura del hombre que nombra al espacio, y los patinetos que generan ese ruido de roce tan liberador) que se llama Plaza González Arratia, en el centro de la ciudad de Toluca. Justo al costado de los Portales. Allí se encuentra una exposición al aire libre, montada sobre estos tablones pintados de blanco que usan para todo, y que es auspiciada tanto por el Instituto Mexiquense de Cultura como por el ayuntamiento de Toluca. Cuarto Marathón de la Plástica Mexiquense se llama la exposición.
No es la primera vez que paso por ahí, y por supuesto que ya me adentré. Las piezas que se encuentran en un asunto como este, puede imaginarse, van desde las piezas que nunca hubiéramos necesitado ver (que son las más), pasando por piezas que intentan lograr algo, y llegando hasta las piezas que confrontan y se comunican con el espectador (que son las menos). Aquella primera vez me encontré con la persona que organiza esta exposición, y cuyo nombre artístico (innecesario acalarar aquí) alude al dios que habita en esta ciudad. Afortunadamente, aquella vez este artista plástico charlaba con algún incauto y yo pude ingresar en la exposición sin ser acosado.
Hace rato, sin embargo, esta misma persona se encontraba a la entrada de la exposición a la espera. Decidí, debo confesarlo, dar un rodeo y no toparme con él. Que no me aborde con explicaciones y haga lo que es su costumbre: provocar lástima para que compremos su obra. Y, aunque respeto su trabajo plástico, no es de mi agrado, además de que no poseo los dineros suficientes para comprar, ni siquiera por lástima.
Este hombre es un artista en casi todos los sentidos de la palabra. Vive para pintar y su trabajo ha logrado un reconocimiento por méritos propios. Según sé, no se dedica a otra cosa aparte de la plástica, y con eso mantiene a su familia. Todo eso es loable y digno de admiración. Además de que la existencia de personas como él evidencían un problema -ya muy mentado- de nuestra sociedad: el artista tiene derecho a vivir de su trabajo. El gobierno no debe pedir favores a los artistas (por aquello de que la cultura es gratuita, aunque salga de los mermados bolsillos del productor artístico), y la sociedad debe aprender a valorar los productos del arte.
Por esta razón, el artista debe dejar de lado la actitud (muchas veces) mendigante. Una de las necesidades apremiantes es que la sociedad comprenda al artista ya no como un ser divino que, aunque viva en la pobreza extrema (o que deba vivir en ella), está tocado por una gracia extrahumana. Rosa Montero, en su columna A fondo de El País semanal dice que "Los artistas no son gente distinta a los demás". El artista lo mismo debería pagar impuestos que tener horas de descanso. Y ni qué decir de esta práctica de solicitar a los artistas sus opiniones sobre cualquier tópico, aunque de su boca salgan sandeces, porque, como dice Montero "nadie puede ser un experto al mismo tiempo en economía, sindicalismo agrario, rock progresivo, apicultura e incursiones bélicas, por poner un ejemplo".

El artista no tiene por qué ser un hombre apesadumbrado por las tragedias, no debe vivir en una depresión (tratable y muches veces curable) constante. Tampoco es necesaria la abstracción eterna (porque se está siempre en contacto con las musas inexistentes). El artista tiene que conocer las técnicas necesarias para comunicarse con su expectador a partir del lenguaje artístico que ha elegido. Y eso requiere de estudio, dedicación y sí, una sensibilidad educada y muchas veces nata.
Cuando las sociedad y el gobierno terminen de comprender esto, y más aún, cuando el productor artístico termine de asimilarlo, tal vez encontraremos, incluso en las exposiciones placeras, más piezas que valga la pena observar; y no será necesaria la mano de los institutos culturales de estado o los apoyos de los ayuntamientos para hacer una muestra pinche. Tampoco seremos acosados por un artista que busca conmoverte con las palabras, porque sabe que su obra no lo va a lograr.
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